lunes, 21 de diciembre de 2009

Firma de libros presentación de "Sabatorio..."




La cárcel y la literatura
Podría decirse que la literatura, la buena literatura, nació en las cárceles. Hombres como Cervantes, Dostoiewsky, Solzhenitsyn, London, García Lorca, Kertész , Charrière, León Sánchez, Scorza, Arguedas, y tantos otros, hallaron en las ergástulas su principal fuente de inspiración. Muchos de ellos tuvieron que hacer hazañas inverosímiles para continuar su labor de escritores, burlando la vigilancia carcelaria, o evitando ser descubiertos por los regímenes mutiladores.
Pero es Donatien Alphonse François, el Marqués de Sade, quien representa la muestra más aleccionadora del escritor encarcelado que, pese a su condición de presidiario, utiliza los más ingeniosos –y desgarradores– recursos para seguir escribiendo.
Este hombre, tras casarse por conveniencia con Renée Cordier de Launay, según nos lo cuenta él mismo, se convirtió en un escandalizador. Sus reuniones orgiásticas con prostitutas y criadas fueron célebres. Parafilias como la algomanía (placer ligado al propio sufrimiento físico), la amokoscisia (excitación por el deseo de flagelar a la pareja sexual), la quinunolagnia (pasión erótica por ponerse en situaciones de peligro) son algunas de las prácticas realizadas por el «divino» marqués, quien no se cansó de describirlas con gran realismo en sus escritos. Se sabe que una vez practicó cortes a una mujer, que luego llenó de cera caliente, y otra vez fustigó y proporcionó una excesiva dosis de cantárida a una sirvienta con el fin de estimularla sexualmente. En ambos casos fue denunciado y en el último juicio se le condenó a muerte. Escapó a Italia, acompañado de su cuñada, Ana de Launay, abadesa de un convento, pero fueron apresados y encarcelados en la fortaleza de Miolans, de la que también Sade logró fugar. Capturado definitivamente, fue trasladado a la cárcel de Vincennes, donde pasó seis años. En esta prisión escribió algunos de sus textos, en los cuales siguió describiendo con detalle sus diversas prácticas sexuales. Después se le trasladó a la Bastilla y, en 1789, al hospital psiquiátrico de Charenton. Fue entre las paredes altísimas de este manicomio donde vivió sus peores experiencias de escritor: la corte le prohibió seguir novelando. Desesperado, desprovisto de lápices y plumas, recurrió a los medios más sorprendentes para continuar con su obra, como escribir con unos punzones confeccionados con los hierros de la cama, y hasta llenar los muros con su propia sangre y sus excrementos para que sus historias no tocaran fin. Gran parte de Los ciento veinte días de Sodoma, obra publicada póstumamente, data de esa época. Sade abandonó el hospital en 1790, y a partir de entonces escribió los libros Justina o los infortunios de la virtud (1791), Juliette o las prosperidades del vicio (1796) y La filosofía en el tocador (1795). Volvió a ser detenido en 1801. Rodó de prisión en prisión y, en 1803, ingresó otra vez en Charenton, donde murió en 1814.
Otro autor, que nos conmueve por su valentía y su indestructible ambición por seguir escribiendo, es Reinaldo Arenas. La vida entera de este cubano, a decir de Jorge Edwards, «es el ejemplo perfecto de víctima de la represión revolucionaria, que terminó por convertirse en una advertencia, en un acta de acusación, además de un símbolo».
Denunciado por corruptor de menores (un eufemismo que las dictaduras hipócritas utilizan para referirse a los homosexuales), Arenas fue perseguido durante meses, durante los cuales vivió en un parque, comiendo lo que la gente buenamente le brindaba, y atesorando en una mochila el manuscrito de Celestino al alba, su primera gran novela. Su libro El mundo alucinante fue prohibido por contrarrevolucionario, y en adelante tuvo que esconder sus manuscritos. Otra vez el mar, que ocultó en el tejado, fue hallado y destruido por el régimen, pero, invencible Arenas, lo rehizo tres veces. Delatado y cogido, fue enviado al Castillo del Morro, una isleta carcelaria, donde vivió dos años de maltratos y vejaciones, pero donde, con tenacidad, se las ingenió para seguir escribiendo: asistente de la cocina, tenía acceso a los carbones, que limaba hasta convertirlos en eficientes lápices, y a pliegos de papel de azúcar, que escondía en una cueva frente al mar para poder escribir mientras el sol no declinara. Así nacieron sus hermosas memorias, Antes que anochezca, sacadas de la prisión en tubitos insertos en el recto de Bon Bon, un travesti que visitaba la isla con fines comerciales de vez en cuando. Casi toda su obra se salvó de milagro, y precisamente gracias a la extraordinaria persistencia y habilidad de Arenas, que consiguió salvar sus escritos con tácticas prodigiosas: enterrándolos, enviándolos a Francia en cajas de frutas, destruyéndolos pero memorizándolos para volver a escribirlos.
Reinaldo Arenas, uno de los escritores más valerosos y arriesgados que tiene nuestra literatura, se unió a los «marielitos» (aquellos expulsados por el régimen castrista por pertenecer a los estratos más bajos de la sociedad), y falsificó a mano su pasaporte para convertirse en Reinaldo «Arinas» y así eludir la lista de los que no podían salir del país. Se suicidó en Nueva York, en 1990, con las siguientes palabras: «Cuba será libre. Yo ya lo soy».
Crónica incluida en el libro "Sabatorio...reflexiones de un buen salvaje"

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