lunes, 21 de diciembre de 2009

Colofón de "Sabatorio...reflexiones de un buen salvaje".



Colofón


Según Rosseau el buen salvaje es un hombre que nace sin el pecado original, libre de toda cadena moralista y que, por ello, tiene la potestad social de actuar y decir las cosas que quiere.
El novelista colombiano Eduardo Caballero Calderón recreó este concepto en una novela que lleva el mismo nombre y cuenta la historia de un hombre andino que recala en Europa. La novela nos presenta una tesis bien elaborada, estéticamente clara, de los dominios europeos en la conciencia latinoamericana.
Por otro lado, el poeta peruano Antonio Cisneros escribió un libro de crónicas llamado también de ese modo.
Yo, que admiro tanto este mito, y reconozco el talento narrativo y poético de quienes llevaron la leyenda a su más alta expresión, adopté este nombre cuando, en 2003, Fernando Rojas Vargas me invitó a escribir una columna semanal en el suplemento cultural “Solo 4” del diario Correo de Huancayo.
Desde entonces he escrito, sábado a sábado, alrededor de 250 artículos de todo pelaje para esta mi columna “El buen salvaje”. Abordé, siempre con la plena libertad que me otorgó el diario (la cual agradezco profundamente), polémicos temas relacionados con la literatura, la lingüística, la política, la historia, la religión, el humor, la guerra. De ese cúmulo de artículos, sin bálago ni rastrojos, se desagregaron sesenta, que forman parte de esta compilación. Artículos que, en su momento, causaron risas (que me disculpen los apristas y los alcaldes quienes sufrieron mis humores), iras santas (un arzobispo agitando el periódico durante su homilía), protestas callejeras (alumnos de la facultad de Sociología de la universidad donde enseño defendiendo con pancartas la infalibilidad de Mariátegui), incomodidades, halagos, rencores, en fin, todo tipo de reacciones.
Sabatorio –es decir una fiesta que se realiza todos los sábados– se transforma así en un continente de reconcomios, emociones, opiniones, sentencias, reminiscencias de todo tipo que ahora salen a luz en forma de libro.
Para terminar, es necesario agradecer a mucha gente que hizo posible no sólo la publicación, sino sobre todo el sostenimiento de mi columna a largo de estos seis años. Agradecer, por ejemplo, a Fernando Rojas, quien me incluyó en el grupo fundador de “Solo 4”. A Héctor Mayhuire, director de Correo, por su tolerancia y patrocinio constantes. A Edvan Ríos, que aguantaba la edición del suplemento hasta el mediodía del viernes para incluir mis artículos. A Jaime Bravo, por lo mismo. A Luis Pacheco, amigo entrañable, por sus inteligentes aportes. A Juan Carlos Suárez, crítico de cine y gran lector, por su implacable pluma roja. A José Soriano, quien gustaba mucho de mis artículos hasta que leyó uno contra el fútbol. A Jorge Salcedo y Juan Carlos Romero, mis impecables editores.
Gracias a todos mis lectores, a los que entienden mis artículos y a los que no, a los ácidos y a los divertidos, a los buenos y a los malos. Gracias a José Oregón Morales, quien tiene una colección completa con todos los números del suplemento; a la profesora …., quien usa mis columnas como material de lectura; a Carlitos Cisneros, quien no deja de comprar el periódico los sábados; a Héctor Meza, quien aprende de memoria párrafos enteros de mis columnas; a Rubén Villasante, con quien conversamos de mis artículos durante nuestros apurados almuerzos.
Gracias a la franqueza de mi padre quien, desde la costa, me llama muerto de la risa cada vez que lee uno de mis artículos contra el presidente de la República.
Gracias a mis amigos periodistas, a Laura Dávila en Venezuela; a Tomás Hidalgo en México; a Nelson Padilla y Juan Miguel Álvarez en Colombia; a Marciele Brum en Brasil; a César Castro Fragoaga. Y gracias a mi gran amigo Federico Bianchini, en Argentina, quien gastó tiempo y esfuerzo en leer el manuscrito de este libraco para prologarlo.
Y gracias a mis enemigos, a los grandes y a los chicos, porque me inspiran y me permiten seguir avanzando.
Sandro Bossio Suárez

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