jueves, 14 de abril de 2011

Elogio a la densidad literaria

EL ESCRITOR ARGENTINO FUE UNA DE LAS GRANDES FIGURAS QUE ABRIERON AYER EL FESTIVAL EÑE. AUTOR REFLEXIONA SOBRE LA ACTUAL CULTURA DEL ENTRETENIMIENTO

POR: ENRIQUE PLANAS



Autor de celebradas novelas como “Wasabi” o “El pasado”, el escritor argentino Alan Pauls formó parte del primer pelotón de escritores que inauguró ayer el Festival Eñe. Su participación, en la Biblioteca Nacional, fue a través de la conferencia titulada “Elogio del acento”, en la que Pauls hizo una audaz defensa del mal uso del idioma, de la mala pronunciación y las expresiones mal dichas según los acentos que matizan el idioma castellano, lo que generan expresiones en verdad poéticas.

Si hay un aspecto que algunos critican en tus libros es su ‘densidad’. ¿Qué está sucediendo para que ‘denso’ descalifique a una novela?
Hace muchos años que la liviandad es un valor hegemónico. La profecía de Ítalo Calvino en sus propuestas para el nuevo milenio, que señalaban la liviandad como una fuerza cultural importante, se cumplió en el peor de los sentidos. Creo que lo problemático en términos artísticos tiene muy mala prensa, al revés de lo que pasaba en los sesenta y setenta. Yo creo que arte y problema siempre van juntos. Pero es algo muy resistido.

¿Crees que el problema de la frivolización cultural se ha vuelto hoy especialmente agudo?
El entretenimiento es el nicho que se va apoderando de todo lo que antes llamábamos, con cierta certeza, arte. Y el entretenimiento no se lleva bien con el problema. Si hay un problema, el entretenimiento se interrumpe, pues la gente necesita moverse, buscar una nueva perspectiva. Quedarte quieto es un requisito que pide el entretenimiento para sus productos. En cuanto a mi trabajo, se dice que mis novelas se presentan a sí mismas como objetos artísticos literarios, artificios, artefactos, que no transparentan nada de manera directa. Exigen que uno se meta en laberintos donde los caminos no son obvios. Todo eso es para mí la quintaesencia del trabajo artístico en general.

Apunté una frase tuya: “Si tengo una anécdota, se la cuento a mi primo, pero no escribo una novela con ella”. ¿El lector promedio aún disiente si un escritor busca algo más que contar una historia?
No sé muy bien qué es el lector promedio. Es una categoría a la que me resisto. Prefiero pensar en lectores plurales y singulares. Hay una frase muy famosa que dice: “Yo solo quiero contar una historia”, que escucho mucho en boca de escritores (más que en los lectores) para oponerse a los autores ‘densos’, que creen que la literatura es más que contar historias. Es una militancia de escritor, una frase que se pronuncia con un sentido beligerante. Por otro lado, esa frase no cierra la discusión, más bien la abre: podríamos discutir largamente en qué consiste contar una historia.

El ‘boom’ fue el gran laboratorio del estilo y la técnica, pero se avanzó poco en términos conceptuales.
En rigor, la tradición conceptual tiene una historia en América Latina, de algún modo reprimida por el éxito del ‘boom’. Si uno piensa en la obra de Severo Sarduy, allí hay una pulsión conceptual muy fuerte, muy ligada a las artes plásticas y al grafismo. Uno podría hacer una especie de genealogía entre Sarduy y Mario Bellatin, por ejemplo. De lo que se trata es poner la literatura en contacto con otras cosas. Salir de un cierto encierro, del autismo literario. Lo que hizo el ‘boom’ fue profesionalizar al escritor latinoamericano. Darle una identidad digna y autorizada. Pero toda institucionalización implica un gran riesgo artístico: todo se vuelve un aparato, un asunto de fórmulas. Siempre es interesante para un escritor pensar la literatura y su exterior.

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