miércoles, 25 de mayo de 2011

"TRAS LOS BUITRES"- Lea el primer capítulo

EL TENIENTE FERNANDO MARTÍNEZ ESTABA EN EL MOMENTO Y LUGAR EQUIVOCADO Y EL TURCO VA EN BUSCA DE LOS RESPONSABLES




CAPÍTULO UNO

DICIENDO ADIÓS


Eran las 11.30 de la noche cuando sonó el celular del Teniente Fernando Martínez. Antes de que diera la tercera timbrada, Martínez se levantó de su cama para sacarlo del bolsillo de la casaca negra que estaba colgada en el ropero. Por la hora, presumía que debía ser importante. No se equivocó: era el informante quién le comunicaba que el camión estaba en San Mateo, esperando luz verde para ingresar a Lima.
El informante le sugirió que calculara un par horas, el tiempo suficiente en que estaría pasando por la Garita de Corcona, toma tus precauciones Martínez, le dijo, sino cuentas con mucho personal mejor no intervengas, solo síguelo. El informante también le dijo que el destino final del vehículo podría ser una fábrica situada en la Av. Néstor Gambeta en el Callao. No conocía con exactitud la dirección, porque solamente era responsable de un tramo de la seguridad del vehículo. Luego, se despidió deseándole suerte y le mencionó que le sería imposible volverse a comunicar esa noche con él. Al cortar la llamada, Martínez observó la pantalla del aparato, el número correspondía a un teléfono público.
Inmediatamente después, el Teniente Martínez se vestía lo más rápido posible, luego se acercó a su esposa y cuando ésta estaba a punto de decirle algo, le dio un beso, le pidió que no se preocupara, que todo saldría bien. Miró a su bebé que estaba durmiendo en la cuna, solo le rozó la cabeza con una de sus manos y salió raudo para abordar su wolsvagen celeste. Mientras manejaba por la Av Javier Prado, aprovechó para llamar al celular del Turco, sin embargo, pese a los reiterados intentos, no logró comunicarse con él.
Cuando llegó a las inmediaciones de la Garita de Corcona, buscó donde estacionarse para poder observar el paso del camión. Continuó con sus intentos de comunicarse con el Turco, al parecer, su celular estaba apagado por lo que comenzó a dejarle mensajes de voz. No optó por solicitar apoyo al personal de su propia unidad, ni a la dotación policial ubicada en la garita, se esperanzó en que el Turco escuche sus mensajes y llegue a tiempo con el apoyo. El teniente Martínez se había instalado a 500 metros del puesto de control, cerca a un grifo que estaba en los alrededores. Miraba insistentemente su reloj preguntándose si se le había pasado el camión, si habían escuchado sus mensajes. La primera respuesta se le dio de inmediato, ayudado por la buena visibilidad que permitía la claridad de la noche, identificó la placa de rodaje del camión cuando pasaba por la estación de servicios. Se persignó evocando la protección de Dios para iniciar la persecución de su objetivo, esperaba que el buen inicio fuera recíproco con el final.
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La inmediata salida del woslvagen celeste del Teniente Martínez, luego de que el camión pasara por el grifo fue percibida por el chofer, quién advirtió a su copiloto. Éste le sugirió que bajara la velocidad, para cerciorarse que solo fuera una casualidad, pero al notar que el auto tambien realizaba la misma maniobra, tomaron la decisión de comunicar el hecho a Lima.
Al otro lado del hilo telefónico estaba Rafael Jiménez, quién escuchaba con tranquilidad lo que el copiloto le estaba informando. Les manifestó que mantuvieran la velocidad, que si no notaban cambio alguno, ejecutaran el plan de contingencia.
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Luego de colgar, Rafael Jiménez tomó otro teléfono que estaba en la guantera del vehículo, e hizo cuatro llamadas. Tres de ellas, tenían un mismo fin. Ordenar el desplazamiento de su gente a la zona previamente establecida para estas eventualidades. La última, a su contacto en la policía para que le informara qué unidad estaba realizando el operativo. Como siempre, Jímenez había tomado la previsión de ubicarse horas antes en las inmediaciones del óvalo de Santa Anita, uno de sus lugares preferidos para verificar el paso de la mercadería ilegal cuando hacía su ingreso a Lima. El tener conocimiento que la comitiva estaba siendo seguida lo consternó, siempre hay un inicio o final de acuerdo a la perspectiva.
Le ordenó a su chofer que enrumbara hacia Huaycán, éste habia escuchado todas las conversaciones de Rafael así como las órdenes dadas. Después de eso, su apreciación ratificaba el concepto que tenía de su jefe, jamás perdía la calma o la cordura, era un témpano de hielo. Transcurrían los minutos mientras avanzaban a su destino, volvió a sonar el celular y luego de un breve diálogo lo apagó. Luego, Rafael llamó desde el otro aparato, hizo la consulta sobre la cantidad de carros que participaban en el seguimiento. En todo momento jamás hizo notar un gesto, una palabra demás. Del otro lado de la línea le comunicaron que era un solo vehículo, el mismo woslvagen celeste que había iniciado la cruzada, y que se mantenía impávido en su cacería. Antes de llegar a Huaycán volvió a comunicarse con su gente, planificó la estrategia para ubicar a cada uno de ellos en lugares vitales. Esto le permitiría tener una visión mas exacta de lo que realmente sucedía, era poco probable que un solo carro estuviera en la vigilancia, por eso necesitaba verificar tal información. Jiménez, decidió que uno debía quedarse a la entrada para comunicar la cantidad de vehículos que ingresaban detrás del camión; los otros dos al igual que él, se colocarían cerca al arco. Asimismo, preciso que, por ningún motivo dejaran a la vista de cualquier transeúnte circunstancial los vehículos. Preciso que solo a su orden entrarían en acción, para ello, todos debían usar pasamontañas y guantes.
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Cada instante era la letanía del ronroneo de la noche, el Teniente Martínez se rehusaba ha interrumpir el seguimiento de aquel embarque, pese a no recibir respuesta del Turco. Confiaba en su buena suerte. Durante el trayecto prestaba atención a cualquier vehículo detenido al costado de la carretera. Así, cuando daba la vuelta a la curva de Ricardo Palma divisó una camioneta ploma de la policía. Aceleró con el fin de pasar al camión, pero éste, al notar la maniobra hizo lo propio. El teniente Martínez entonces frenó intempestivamente cerca de la camioneta ploma de la policía, bajó dejando el motor encendido.
—Buenas noches colegas, soy el Teniente Martínez —dijo mostrando su carnet para identificarse.
—Sí, buenas noches mi teniente, soy el Superior Granados, en qué lo podemos apoyar.
—Por favor, necesito intervenir el camión que acaba de pasar, podran secundarme.
Hubo un silencio entre los dos efectivos. Solo atinaban a mirarse sin pronunciar palabra. Se disculparon por no poder auxiliarlo, el comisario nos ha designado en este puesto fijo, dijo Granados.
Acto seguido, Granados bajó del patrullero y preguntó si tenía la placa del camión para poder irradiarlo y solicitar apoyo a otras unidades. Martínez se la proporcionó y velozmente reinició su cacería.

—Mendoza, comunica a la central sobre este camión, tal vez otros colegas que estén en la ruta lo puedan ayudar —ordenó, Granados.
—Granados, qué te sucede ¬—respondió Mendoza—. Después el Coronel va a llamar al Mayor para solicitarle un informe al respecto.
Se enfrascaron en un diálogo infructífero dilatando una comunicación radial que nunca se daría. Increpándose el no haber socorrido al Oficial, so pretexto de un designacion forzosa a un puesto fijo cuando en realidad era la carencia de combustible. Recriminaban la codicia del Comisario, cuando más responsables eran ellos al ser cómplices de esta situación. Por unos instantes quedaron pensativos, hasta que Mendoza acotó que no pasaría nada porque si fuera un operativo que estuvieran realizando, era poco probable que participara un solo policía y además en un carro particular.

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El Teniente Martínez había acelerado a fondo sin poder alcanzarlo, y cuando estaba ya casi extenuado, perdiendo las esperanzas volvió a encontrarlo. Esta vez se prometió no volverlo a perder. Pasando Ñaña notó que en sentido contrario se acercaba otro patrullero, por lo que se detuvo sin perder de vista al camión. Batió los brazos a fin que se detuviera. Cuando el auto lo hizo cerca a él, volvió a solicitar que lo apoyaran. Estaba siguiendo al vehículo de carga pesada que minutos antes había atropellado una pareja por Santa Eulalia y que estaba dándose a la fuga. Los policías inmediatamente se pusieron a su disposición, subieron a la verma central para cruzar al otro carril, emprendiendo veloz persecución. Mientras se desarrollaba el operativo, uno de los efectivos del patrullero irradió a la central el auxilio que se le estaban prestando al oficial, así como el motivo. Se percataron que el camión estaba girando hacia la izquierda para ingresar a Huaycán, por lo que ambos vehículos hicieron lo mismo.
El Teniente Martínez que había engañado a dos colegas para detener un vehículo sobre la base de un accidente de tránsito. Cuando en realidad debio informarles que éste transportaba droga camuflada en la carrocería. Al llegar al arco de Huaycán observó que el camión había sido abandonado, junto a la cabina del chofer se encontraba uno de los policías. Por el apuro los ocupantes habian dejado ambas puertas abiertas. En ese instante, el Teniente Martínez le informó la verdadera razón de la intervención policial. El policía sorprendido le recomendó que sacara su arma, que se manteniera alerta, mientras él regresaría al patrullero a recoger el AKM. Martínez permaneció inmovil felicitándose por haber asestado el primer golpe, nunca se dio cuenta el inicio del alud. Un impulso imperioso, que no supo explicar, lo obligó a girar hacia donde estaba el patrullero divisando más de dos siluetas cerca del vehículo. Súbitamente sucedía lo mismo junto a él.
—Suelte el arma —le ordenaron— no trate de ser héroe o mártir, ya hay muchos en su institución.
Fueron momentos de gran tensión. No solo él estaba siendo amenazado por hombres armados con pistolas y pequeñas ametralladoras, sino que también observaba como los otros dos policías eran golpeados y bajados con violencia del patrullero. Le reiteraron la orden de que soltara su arma, que cualquier acto heroico estaría fuera de lugar. Los otros dos efectivos policiales estaban arrodillados en el piso, los traficantes los habian reducido colocando sus armas en sus cabezas. El tiempo se estancó. El teniente Martínez trató de entender en qué se había equivocado. Fue desde el inicio la vehemencia lo que lo había envuelto en una oleada de deslices. Trató de mantener la calma, demostrar que todavia tenía el control de la situación, y que pese a las circunstancias, él podía salir bien librado. Notó que todos sus atacantes llevaban pasamontañas. Trató de negociar con ellos.
—Tranquilicémosnos, voy a bajar mi arma, esto no sucedió, no hemos visto el camion, ni a ustedes —argumentó el Teniente.
—Es lo más inteligente que has dicho —dijo uno de los encapuchados—. Suelte el arma.
Inmediatamente lo redujeron arrojándolo al piso donde le propinaron golpes con las manos y los pies hasta hacerlo exclamar de dolor. Dominada la situación, y al ver a los policias en el suelo, Rafael ordenó que sacaran el camión de la zona, y los vehículos de los policias de la vía de acceso a Huaycán.
Luego de ello, Rafael se alejó del resto de su personal para efectuar una llamada. Debía informar a Lorenzo sobre lo acontecido hasta el momento y el desenlace que se venía dando. Era evidente que la presencia de uno de los policías se debía a que tuvo conocimiento del embarque, en el caso de los otros dos uniformados era a pedido de apoyo del primero. La dedución fue corroborada por el chofer del camión, quién le narró las dos veces que su perseguidor trató de solicitar auxilio de patrulleros con los que que se topó durante la persecución. Esto se reforzaba porque el vigía ubicado a la entrada de Huaycán solo comunicó el ingreso de dos vehículos, además de no advertir la presencia de más refuerzos.
—Mátalos —ordenó Lorenzo por el celular.
—Señor, hemos usado pasamontañas y saben la situación del camión —agregó Rafael.
—Mátalos y buenas noches —respondió Lorenzo cortando la llamada.
Rafael le dio a Arnaldo Quispe, conocido como el “Loco” y a Gregorio Matallana, las instrucciones específicas. “El Loco”, levantó a viva fuerza al teniente Martínez y le colocó uno de los grilletes que encontró en el patrullero. Luego, lo metió a la maletera de su carro, y le ordenó a Román Gómez, el chofer de Rafael, que manejara mientras él se sentaba en el asiento del copiloto. Salieron del lugar siendo seguido por el wolvagen del oficial que era manejado por Andres Becerra, uno de los hombres de el “Loco”. Mientras ocurría todo aquello, los otros dos efectivos clamaban por sus vidas, argumentando que eran padres de familia. Al notar que sus suplicas no obtenían respuesta comenzaron a gritar solicitando ayuda. En un instante, recibieron varios golpes en el rostro al punto que uno de ellos perdió el conocimiento, luego los llevaron al patrullero el cual había sido ubicado en perpendicular a una pared. Sentaron a ambos policías en los asientos del chofer y del copiloto. Luego Gregorio Matallana con total sangre fria les descerrajó un tiro en la nuca a cada uno.
Los carros que habían llegado a Huaycán iban saliendo de uno en uno con lapsos de tiempo de cinco minutos entre ellos. La noche seguía impertérrita. Lo acontecido solo robó cuarenta minutos a la soñolienta Lima, sin que nada rompiera la rutina.

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En ese momento dos vehículos se desplazaban rápidamente por la carretera central. Cuando llegaron a Huachipa ingresaron hasta la zona de Cajamarquilla. Finalmente arribaron a una chacra. El Loco sacó al teniente del cofre del auto. Sus dos acompañantes lo miraban en forma distinta, mientras que su hombre de confianza sentía placer por la función, el otro reprimía sus sentimientos. Para el Loco no solo era trabajo, era personal. Era necesario vejarlo, demostrar que de él dependía el tiempo de vida, se recreó diciéndole que clamara por su existencia. El teniente Martínez, mientras recibía los golpes, se imaginaba al lado de su familia, dándole el beso de buenas noches a su pequeña hija.
—Dispárale de una vez, la madrugada está aclarando, alguien puede pasar —dijo uno de los hombres.
—Viejo de mierda, cállate yo sé lo que hago sí quieres puedes irte.

—Jefe, el hombre tiene razón, alguien puede pasar, —le advirtió Andrés.
Se tuvieron que sacar los pasamontañas para desplazarse por la carretera, por eso al oficial le colocaron una capucha antes de meterlo en la parte trasera del vehículo. Los que acompañaban al Loco eran concientes que éste haría algo inesperado, lo que no demoró en hacer al sacarle el capirote que tenía puesto el teniente. Desde lo alto, mirándolo tirado en el suelo, indefenso, El Loco le gritó que lo mirara, que se fuera al infierno sabiendo quién habia jalado del gatillo. Por unos instantes, Fernando Martínez parpadeó insistentemente para recuperar la visión, acondicionarla a lo tenue de la claridad que trataba de abrirse paso entre la opacidad. La vida le brindó un último deseo, algo que pidió el día que se graduó como Oficial de la Policía: despedirse frente a una cara amiga. El disparo fue directo a la cabeza, la escasez de agonía fue su unico consuelo, más alla de ello un simple número frio en la estadística. El “Loco” ordeno que le quitaran las esposas para arrojar el cuerpo inerte a una zanja, dejaron el woslvagen a unos metros y salieron del lugar.

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