jueves, 23 de diciembre de 2010

EL CASTIGO




EL CASTIGO

El cielo serrano estaba despejado aquel memorable tres de enero, ello permitiría que los huacones danzaran hasta las seis de la tarde, a diferencia de otros años en los que la lluvia caía menuda e impertinente o bien el chaparrón acompañado de truenos ponía punto final a la celebración del “Año Nuevo” cuando todavía no había entrado la tarde.
A esa hora, se distinguía bien las calles empedradas de Mito y los grupos de pobladores que observaban desde los balcones, retenían para el recuerdo la figura de los danzantes y el sonido de la tinya, hecha con cuero de perro por un lado y por el otro de piel humana, según contaba el tío Jashi.
En la esquina del lado oeste, conocida como “El arco”, se ubicaban las principales familias; desde ahí, con toda seguridad y parsimonia acompañaban sólo con la vista la doble fila de huacones que danzaban alrededor de la plaza, quienes al compás de la quena y tinya daban saltos cortos y en el estribillo, se envolvían con su capa jerga y guturalmente salía el “jo,jo, jooo”, retumbante, irónico, desafiante, perturbador.
A nadie que no tuviera disfraz se le permitía acercarse a más de veinte metros. No sólo eso, sino que el primer día, los enmascarados cumplían con visitar cada una de las casas y revisaban la limpieza, la micharra sin cenizas, la ropa ordenada y los manteles y secadores despercudidos; labores que les eran asignadas a las mujeres. Por su parte, los varones, debían haber demostrado a lo largo del año, un buen comportamiento moral; no haber mentido, ni robado, no ser mancebado, es decir, no tener una amante, menos aún haber cometido un crimen. Por eso, quienes en su conciencia sabían que serian juzgados, literalmente desparecían el mes de diciembre. De ser capturados, les aguardaba el cepo. Aquí atado de pies y manos permanecía el detenido durante un día o dos, a vista del público y en cada vuelta de los huacones, el detenido, recibía un latigazo como escarmiento por su denigrante conducta.
Por todo ello, los huacones, mantenían en secreto su identidad. Todos sabían que el lugar donde cumplían sus ritos era la hermosa quebrada de “Ayan chico”; pero nadie que no fuera un iniciado, podía saber lo que realmente sucedía el primero de enero y los días subsiguientes en esas cuevas misteriosas.
Los muchachos morían de curiosidad y ansias por pertenecer a ese grupo de privilegiados cuando llegaran a su mayoría de edad. También Diego, desde niño guardaba ese deseo secreto en su corazón.


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