miércoles, 31 de marzo de 2010

Poderes secretos en "El Comercio"



Blas Valera: Comentarios irreales

Al aparecer “Poderes secretos” de Miguel Gutiérrez, en 1995, resaltamos, además de su excelencia artística, la manera contundente como mostraba la versatilidad creadora de la imaginación totalizante de su autor (ya clarísima en los diversos relatos contenidos en “La violencia del tiempo” y, en escala más pequeña, “La destrucción del reino”, aparte de la factura fantástica de “Babel, el paraíso”), increíblemente reducido por receptores miopes o prejuiciosos a un narrador realista, y de un supuesto realismo “social” ideológicamente sectario.

Subrayamos la impronta de Borges y de Umberto Eco en una novela que proponía que Blas Valera tuvo la precaución de sacar una copia de su “Historia indica” y la puso a salvo de sus censores jesuitas. Estos lograron que el Inca Garcilaso tomara lo que le parecía conveniente de esa crónica, aquello que convenía a su ideal de “la unión de las élites nobles de España y del Imperio Incaico para el dominio y buen gobierno de las masas nativas e, incluso, de criollos y mestizos de la plebe”, p. 73. Con un giro borgiano concluía “Poderes secretos”: “Decidió escribir este informe para que en un porvenir, ni importa si lejano, alguien afín, no a su pobre espíritu, sino al de Blas Valera, lo pudiera encontrar en una remota biblioteca” (p. 103).

Ahora, reeditada en Huancayo, “Poemas secretos” contiene una posdata motivada por un suceso fuera de lo común: pocos meses después de la edición de 1995, Laura Laurencich sacudió el ámbito académico y sostuvo que había hallado documentos de Blas Valera que desacreditaban a Garcilaso y que convertían a Guaman Poma en un testaferro que prestó su nombre a una historia confeccionada por Valera. Ni Borges (quien vaticinó, en vano, que la Tierra pronto será Tlön, verbigracia), ni Eco (no hay indicios de que se pueda encontrar la segunda parte de la “Poética” de Aristóteles), gozaron de concreciones semejantes de su imaginación. Claro que, conforme reconoce Gutiérrez, puede tratarse de un fraude; se requiere un examen riguroso a cargo de paleógrafos, especialistas en manuscritos de la época (tipo de papel, de tinta, etc.), lingüistas (quechuistas y peritos en escritura multiglósica) y expertos en iconografía (por los dibujos).

Sea como fuere, lo que importa es que la “Nueva crónica y buen gobierno” es una obra fundamental de la cosmovisión andina; resulta secundario el nombre del autor, podría ser anónima, como tantos monumentos literarios, y no perdería su valor histórico-cultural. En cambio, los “Comentarios reales” sí quedarían mal parados, carentes de la veracidad que reclaman en diversos momentos; ya no podrían ser el “texto cultural” por excelencia de la identidad peruana.

Lo curioso es que la relectura que acabamos de hacer de “Poderes secretos” nos ha hecho sentir, más allá de su modernidad lúdica (a lo Borges y Eco), el ejemplo remoto de la escritura del Inca Garcilaso, la cual combina la narración de los hechos con el ensayo (el “comentario”), inaugurando un “nuevo modo de hacer historias”, según Hugo Rodríguez-Vecchini, quien relaciona “La florida del inca” con el nuevo modo de novela del “Quijote”, ambas obras publicadas en 1605: “Fundamental en ambos casos es la problematización de la escritura (...). Con Cervantes y con el Inca Garcilaso, la novela y la historia de América adquieren plena conciencia de sí mismas como nuevos discursos; es más: tienen un metadiscurso. Si “Don Quijote” es en gran medida (...) la historia de cómo se hace una novela, “La florida” es, a su vez, la historia de cómo hacer una historia de América que parezca verdadera” (Rodríguez-Vecchini, 1982

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